Enfermedad de Parkinson

La enfermedad de Parkinson es un trastorno neurodegenerativo progresivo que afecta principalmente al control del movimiento debido a la pérdida de neuronas productoras de dopamina en el cerebro. Se manifiesta con síntomas motores como temblor en reposo, lentitud de movimiento, rigidez y alteraciones del equilibrio, junto con una amplia variedad de síntomas no motores —como alteraciones del sueño, cambios del estado de ánimo, problemas cognitivos o disfunciones autonómicas— que pueden impactar de forma significativa la calidad de vida. Se trata de una condición de evolución muy variable según la persona, sin cura en la actualidad, pero con múltiples tratamientos y estrategias que permiten mejorar los síntomas y favorecer el bienestar y la autonomía del paciente.

javier García de la Cruz - Lasai Psicología

3/6/202611 min read

Definición y origen

La enfermedad de Parkinson es la segunda enfermedad neurodegenerativa más frecuente del sistema nervioso central. Afecta a ambos sexos, aunque es más común en hombres y en personas mayores (1-3% mayores de 65 años), pero también puede aparecer en personas más jóvenes. Se produce por la degeneración de las neuronas encargadas de producir el neurotransmisor dopamina.

La dopamina es fundamental para controlar y coordinar los movimientos, el equilibrio y regular la marcha. Además interviene en el sistema de recompensa, influyendo en la motivación y el bienestar, y regula procesos como el estado de ánimo, el sueño, la atención, la memoria y el aprendizaje.

Su origen no está claramente definido, pero se considera el resultado de la interacción entre factores genéticos y ambientales. El diagnóstico se basa en la valoración clínica, ya que hoy en día no existen pruebas específicas.

Síntomas y manifestaciones

La enfermedad de Parkinson es una patología compleja que incluye síntomas motores, no motores y alteraciones neuropsiquiátricas. En las primeras fases predominan los problemas de movimiento. Sus cuatro manifestaciones principales son el temblor en reposo, la bradicinesia o lentitud motora, la rigidez muscular y la inestabilidad postural.

El temblor, uno de los signos más habituales, consiste en movimientos rítmicos e involuntarios que aparecen sobre todo cuando la persona está quieta, tienden a intensificarse al caminar y suelen disminuir al realizar movimientos voluntarios.

La bradicinesia implica una reducción progresiva de la velocidad y amplitud de los movimientos, dificultando las tareas cotidianas y acompañándose de disminución de la expresión facial y del parpadeo.

La rigidez se manifiesta como una resistencia constante al mover pasivamente las extremidades.

Por último, la inestabilidad postural dificulta mantener el equilibrio y la postura adecuada, aumentando el riesgo de caídas, y suele aparecer en fases más avanzadas de la enfermedad.

Los síntomas no motores del Parkinson son manifestaciones que no están relacionadas directamente con el movimiento, pero que pueden resultar igualmente incapacitantes y repercutir de forma significativa en la calidad de vida. Este grupo de síntomas abarca problemas como apatía, depresión, ansiedad y alteraciones del sueño, así como distintas disfunciones del sistema autónomo, entre ellas dificultad para tragar, estreñimiento, incontinencia urinaria, bajadas de tensión o exceso de saliva. También pueden presentarse síntomas sensoriales, como dolor, disminución del olfato o alteraciones visuales. Muchos de estos signos pueden surgir varios años antes de que aparezcan los síntomas motores, por lo que pueden preceder al diagnóstico de la enfermedad.

Tratamiento

La enfermedad de Parkinson aún no tiene cura. En sus primeras fases, el tratamiento se basa en aumentar o reemplazar la dopamina mediante distintos medicamentos con efecto dopaminérgico. Entre ellos se encuentran la levodopa, los agonistas dopaminérgicos, los inhibidores de la monoaminooxidasa B, la amantadina, los anticolinérgicos y los inhibidores de la COMT. Estas terapias suelen ofrecer un buen control de los síntomas durante varios años, pero con el tiempo su eficacia disminuye y comienzan a aparecer complicaciones como fluctuaciones motoras —momentos en los que el efecto de la medicación no dura lo esperado— y movimientos involuntarios llamados discinesias.

El abordaje terapéutico debe adaptarse a cada persona, teniendo en cuenta factores como la edad, los síntomas predominantes y el nivel de autonomía que se desea mantener. Además, es fundamental considerar los posibles problemas neuropsiquiátricos asociados, algunos de los cuales pueden ser consecuencia directa de los tratamientos dopaminérgicos.

En las etapas iniciales, los síntomas motores suelen comenzar en un solo lado del cuerpo o ser muy asimétricos, pero conforme avanza la enfermedad tienden a hacerse más evidentes y a afectar ambos lados. Para evaluar esta progresión existen diversas herramientas clínicas. La escala de Hoehn y Yahr clasifica el avance de la enfermedad en seis niveles, desde la ausencia de síntomas hasta estados muy avanzados. Por su parte, la escala UPDRS analiza de forma más detallada aspectos como el estado mental, las actividades cotidianas, el funcionamiento motor y las complicaciones del tratamiento, siendo una de las más utilizadas tanto en investigación como en la práctica clínica.

Evolución de la enfermedad y tratamientos avanzados

No obstante, a medida que la enfermedad avanza los pacientes empiezan a experimentar fluctuaciones marcadas en la respuesta al tratamiento, alternando periodos en los que los síntomas están bien controlados con otros en los que empeoran de forma significativa. Estas variaciones afectan tanto a los aspectos motores como a los no motores y ya no pueden manejarse eficazmente con los tratamientos habituales. En esta fase, ciertos síntomas como los trastornos de la marcha, la inestabilidad, la rigidez axial, las dificultades para tragar o hablar dejan de mejorar con la medicación oral y generan un alto grado de discapacidad. Además, se vuelven comunes problemas no motores severos como alteraciones autonómicas, dolor crónico, deterioro cognitivo o complicaciones psiquiátricas.

Aunque los tratamientos convencionales funcionan bien en las fases iniciales y medias del Parkinson, su eficacia disminuye con los años. En la etapa avanzada es necesario recurrir a terapias más específicas que permitan manejar los síntomas resistentes a la medicación oral. Estas alternativas incluyen la estimulación cerebral profunda (ECP), que regula la actividad de determinadas áreas del cerebro mediante electrodos; la infusión continua de apomorfina, que actúa rápidamente sobre los síntomas motores; y la administración intestinal continua de levodopa-carbidopa, que estabiliza los niveles del medicamento y reduce las variaciones motoras.

Alteraciones cognitivas y emocionales asociadas a la enfermedad de Parkinson

En los últimos años, los síntomas no motores del Parkinson han cobrado mayor relevancia debido a su elevada frecuencia —que aumenta conforme progresa la enfermedad— y al profundo impacto que ejercen en la calidad de vida, en ocasiones incluso mayor que el de los síntomas motores.

Alteraciones cognitivas-Demencia

Entre estos síntomas destacan las alteraciones cognitivas, que pueden presentarse desde las primeras fases. La aparición de demencia es una de las complicaciones más temidas, ya que estudios a largo plazo muestran que la mayoría de las personas con Parkinson que viven más de dos décadas acaban desarrollándola. La demencia asociada al Parkinson suele ser de tipo subcortical y afecta varias áreas cognitivas, especialmente la atención, las funciones ejecutivas y las habilidades visuoespaciales, compartiendo características clínicas y biológicas con la demencia con cuerpos de Lewy.

Investigaciones recientes indican que alrededor de una cuarta parte de los pacientes ya presentan deterioro cognitivo leve en el momento del diagnóstico, y que su probabilidad aumenta con la edad, el tiempo de evolución y la gravedad de los síntomas. Este deterioro inicial suele manifestarse como dificultades en tareas relacionadas con la atención, la velocidad de procesamiento y otras funciones ejecutivas. A medida que la alteración cognitiva avanza hacia la demencia, también se ven comprometidas habilidades como la fluidez verbal, la denominación, las capacidades visuoespaciales y la memoria. Además, se ha observado que la ansiedad, junto con factores como la edad avanzada y la gravedad de la enfermedad, incrementa el riesgo de deterioro cognitivo, y que un mayor nivel educativo puede asociarse con peores resultados en ciertas pruebas cognitivas.

Depresión

La depresión también es muy frecuente en el Parkinson, afectando a un porcentaje significativo de pacientes. Es más común en mujeres y puede aparecer antes del diagnóstico. Cuando está presente en las fases iniciales, se asocia con una progresión más desfavorable tanto en los síntomas motores como en el nivel de discapacidad.

Control de impulsos

Por otra parte, los trastornos del control de impulsos aumentan en prevalencia en las fases avanzadas. Estos pueden manifestarse como compras compulsivas, juego patológico o conductas sexuales desinhibidas, y suelen relacionarse con el uso de medicación dopaminérgica en dosis elevadas.

Ansiedad

La ansiedad es frecuente en muchas enfermedades crónicas, pero en el Parkinson aparece con una proporción aún mayor, afectando aproximadamente a entre una cuarta parte y casi la mitad de los pacientes, según diferentes estudios. Igual que ocurre con la depresión, puede manifestarse en cualquier fase de la enfermedad e incluso anteceder a los síntomas motores, convirtiéndose en uno de los posibles indicios tempranos del trastorno. Tras recibir el diagnóstico, la ansiedad puede surgir por cambios en la rutina, la incertidumbre sobre la evolución futura y el aislamiento social.

Conforme avanza la enfermedad, los síntomas motores y no motores pueden intensificarse, aumentando la preocupación por la pérdida de independencia y la disminución de la calidad de vida. El miedo a las caídas y a los problemas de equilibrio puede generar un estado de alerta constante. Las alteraciones del sueño también contribuyen al aumento de la ansiedad durante el día. Además, en etapas avanzadas es habitual que aparezcan ataques de pánico durante los periodos en los que la medicación pierde su efecto.

Algunos estudios señalan que tanto la edad avanzada como la presencia de deterioro cognitivo al inicio de la enfermedad incrementan el riesgo de ansiedad. Otros trabajos indican que las mujeres mayores podrían tener mayor probabilidad de desarrollarla, aunque investigaciones más recientes no han encontrado diferencias claras según el sexo ni el nivel educativo.

Desde el punto de vista biológico, se considera que la ansiedad comparte ciertos mecanismos subyacentes con los síntomas motores del Parkinson. Aun así, la comprensión exacta de cómo se origina sigue siendo limitada y parece deberse a una combinación de factores neurológicos y psicológicos, siendo estos últimos un área de interés creciente en la investigación actual.

A pesar de su elevada frecuencia, los trastornos de ansiedad no están suficientemente caracterizados en el Parkinson. Algunos estudios muestran que una parte importante de los pacientes presenta algún tipo de trastorno de ansiedad, siendo los más comunes la fobia social, el trastorno de pánico, el trastorno de ansiedad generalizada y, sobre todo, la categoría de ansiedad no especificada, utilizada cuando los síntomas no encajan claramente en un diagnóstico tradicional. Investigaciones más avanzadas han demostrado que la ansiedad en el Parkinson no siempre coincide con las categorías del diagnóstico psiquiátrico habitual, identificándose distintos perfiles de presentación que combinan de manera variable ansiedad episódica o persistente, con o sin depresión.

Como afrontar la enfermedad de Parkinson

Afrontar la enfermedad de Parkinson de forma eficaz requiere integrar hábitos respaldados por la evidencia científica. Entre todas las intervenciones no farmacológicas, el ejercicio físico ha demostrado ser una de las más beneficiosas. Las guías actualizadas en 2026 por la Parkinson’s Foundation y el American College of Sports Medicine recomiendan realizar al menos 150 minutos semanales de actividad aeróbica, combinados con entrenamiento de fuerza, estiramientos y ejercicios de equilibrio y agilidad, lo que ayuda a mejorar la movilidad, la estabilidad, la resistencia y algunos síntomas no motores como el ánimo o la función cognitiva. Estos beneficios convierten la actividad física en un pilar fundamental para retrasar la progresión funcional y mantener la autonomía.

La alimentación también juega un papel esencial. Seguir una dieta equilibrada basada en frutas, verduras, legumbres, cereales integrales y proteínas magras contribuye al bienestar general y reduce complicaciones frecuentes como el estreñimiento o la deshidratación. Asimismo, es importante gestionar el consumo de proteínas para no interferir con la absorción de la levodopa y asegurar una hidratación adecuada, ya que ciertos tratamientos pueden favorecer la pérdida de líquidos o la sequedad corporal. Estos ajustes nutricionales, sencillos pero estratégicos, permiten optimizar la respuesta a la medicación y mejorar el confort diario.

La salud mental y el manejo del estrés constituyen otro elemento indispensable. Las investigaciones más recientes en medicina del estilo de vida señalan que técnicas como la respiración, la relajación, el mindfulness o la psicoterapia reducen la tensión emocional que puede agravar los síntomas motores y no motores. De igual modo, establecer rutinas de sueño regulares y mejorar la calidad del descanso ayuda a disminuir la fatiga y estabiliza el funcionamiento diario. En paralelo, mantener la actividad cognitiva a través de la lectura, juegos mentales o actividades creativas aporta beneficios a largo plazo en la preservación de funciones ejecutivas y visuoespaciales.

El contacto social también forma parte de las recomendaciones avaladas por la evidencia. Participar en actividades grupales, asociaciones de pacientes o redes de apoyo reduce el aislamiento, la ansiedad y la depresión, factores que influyen de forma significativa en la calidad de vida y la progresión de la enfermedad. La investigación en medicina del estilo de vida señala que el apoyo social es un factor protector clave frente al deterioro funcional.

Asimismo, es esencial realizar un seguimiento médico periódico para ajustar la medicación conforme cambian las necesidades del paciente. En fases más avanzadas puede ser necesario valorar terapias específicas, como la estimulación cerebral profunda o las infusiones continuas de medicación, que ofrecen mejor control cuando los fármacos orales dejan de ser suficientes. También se recomiendan medidas preventivas para evitar caídas, como revisar el entorno doméstico y trabajar regularmente el equilibrio y la fuerza, ya que el ejercicio contribuye de manera importante a reducir este riesgo.

Finalmente, es fundamental recordar que la evolución del Parkinson no es igual en todas las personas. Cada paciente experimenta la enfermedad de manera distinta en cuanto a síntomas, velocidad de progresión, respuesta a los tratamientos y presencia de comorbilidades. Por ello, todas estas recomendaciones deben adaptarse de forma individualizada, teniendo en cuenta las necesidades, capacidades, preferencias y objetivos de cada persona. El acompañamiento profesional personalizado —por parte de neurólogos, fisioterapeutas, nutricionistas, terapeutas ocupacionales y psicólogos— resulta clave para diseñar un plan de intervención eficaz, seguro y sostenible a lo largo del tiempo.

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